El periodista y
escritor jesuita Pedro Miguel Lamet acaba de publicar su
último libro "Las palabras calladas. Diario de María de
Nazaret"(Belacqva), un relato-poema en el que intenta
recrear la subjetividad de la Virgen María, basándose en
la contemplación y los datos históricos.
El autor explica en
esta entrevista la importancia de la contemplación,
según el método ignaciano, para entrar con la
imaginación en los pasajes de la vida de Jesús y su
Madre.
-¿Qué atractivo
literario tiene la figura de la Virgen María?
Pedro M. Lamet: Un
enorme atractivo. Y no sólo literario, como lo demuestra
nuestra poesía, desde "Las Cantigas" de Alfonso X el
Sabio hasta los poemas de Gerardo Diego e incluso de
Juan Ramón o Luis Rosales, sino en general para toda
creación artística, sobre todo pictórica y escultórica.
María además de madre
de Dios encarna en nuestra cultura el ideal femenino en
las diversas etapas del hombre. Su pureza, su sencillez,
su silencio, su estar ahí, cautivan al pueblo. Y ello
explica la devoción popular y el interés de artistas e
incluso de algunos cineastas.
Es curioso que lo que
más fascina a los espectadores de la reciente y polémica
película de Mel Gibson, "La Pasión", sea la figura de
María, posiblemente el personaje mejor dibujado del
film.
-¿Cómo se cruzan la
imaginación y la fe para recrear unos años con tan
escasa información evangélica como los vividos por Jesús
en el seno de la familia de Nazaret?
Pedro M. Lamet: En
primer lugar está la contemplación. Este libro es fruto
de muchos años de oración con el método ignaciano de
"aplicar los sentidos" y vivir con los personajes
evangélicos, "como si presente me hallase". Creo que de
este modo se realizan auténticos viajes en el tiempo, y
el meditador se traslada en cierta manera a aquellos
momentos y lugares.
Luego hay dos
apoyaturas muy importantes para el autor, procedentes de
la investigación: la bíblica, que he procurado que
atraviese todo el libro (no olvidemos que María era
judía y por tanto heredera de ese gran bagaje del
Antiguo Testamento), y además la hitoriográfica y
arquelógica: lo que conocemos de la historia de Israel y
de la forma de vida de los contemporáneos de María y
Jesús.
Pero lo que da
vertebradura al libro es la evocación poética, pues
aunque es un relato, he intentado que sea en realidad un
gran poema. Sólo desde la poesía, iluminada por la fe,
se puede intentar recrear la subjetividad de María. Y,
en todo caso no es más que una propuesta para el que le
sirva, claro.
-Usted ha conseguido
aproximarse a muchos aspectos misteriosos de la vida de
la Virgen como mujer (anunciación, virginidad, castidad
conyugal) humanizándolos, pero sin transgredirlos ¿cómo
lo ha conseguido?
Pedro M. Lamet: Mi
única osadía ha sido introducirme en la subjetividad de
María de Nazaret. Pero esto lo he hecho como de
puntillas, con un enorme respeto y contención e
imaginando que sus sentimientos no podían ser otros que
los de una extraordinaria mujer, llena de gracia y de
fe.
Por ejemplo no es
obligatorio creer que el ángel durante la anunciación
tomara una apariencia carnal. Pudo ser un arrebato
místico. Lo importante es que realmente se produjera la
Encarnación. Ni es menos ortodoxa su virginidad, tal
como la enseña la Iglesia, si se hace compatible con que
José y María estuvieran realmente enamorados y a la vez
superados por la irrupción del misterio.
Es más, ser fiel al
relato evangélico y a la tradición dan a la historia un
gancho muy especial, como la crisis dramática por las
dudas de José o cuando ni éste ni María entienden que el
niño se quede en el templo.
En una emisora de
radio me preguntaron si, al hacerlos tan humanos, no los
desmitificaba. Al contrario; al mostrarlos cotidianos,
metidos en la vida, su grandeza se aprecia más. ¿Hay
algo más poético, por ejemplo, que un niño escuchando un
cuento de labios de su madre? Así aprendió Jesús la
cultura que serviría luego de vehículo a su buena
noticia.
-¿Por qué ha querido
dedicar su libro especialmente a los pobres y
marginados?
Pedro M. Lamet: Porque
el mensaje central de María es el Magníficat. Ella se ve
como pequeña, una simple aldeana engrandecida por el
beso de Dios y canta el canto de liberación de los que
no cuentan en este mudo y son machacados por los
poderosos, en definitiva el canto que trae el Hijo que
lleva en sus entrañas.
El Evangelio es la
historia de lo pequeño que se hace grande: el grano de
mostaza, la levadura, la oveja perdida. Jesucristo
crucificado es el gran repudiado, marginado, tenido por
leproso, que vence y libera con su muerte a todos los
pequeños de este mundo. María lo anuncia y lo respalda
toda su vida en silencio.
-Usted confiesa al
final del libro que la Virgen llenó su juventud de
"idealismo y ansias de entrega". ¿Cree que la figura de
María puede hoy mover a los jóvenes a entregar su vida?
Pedro M. Lamet: Yo
pertenecí desde muy joven a una congregación mariana y
no olvido aquella imagen de María adolescente que
acompañó en todo momento mi vocación.
Yo no comparto cierta
mariología fundamentalista y falsamente pietista que, de
tanto endiosar a la Madre casi la separan del Hijo. Como
dice el Concilio, Cristo es "el único mediador" y María
está íntimamente asociada a él.
Precisamente su
encanto está en el ser una mujer sencilla, una de
nosotros, al mismo tiempo madre de Dios, y por tanto un
primer escalón más fácil para entender y subir a Cristo.
"Ad Iesum per Mariam" decía el viejo adagio de las
congregaciones marianas. Por eso María tiene mucho
atractivo para los jóvenes también hoy. Pero hemos de
presentarla como realmente era: una joven encantadora y
sencilla que se deja inundar de Dios.
-En su libro pone en
boca de la Virgen una definición de la felicidad muy
curiosa: "Ser feliz es decir sí". ¿Puede explicar mejor
esta idea?
Pedro M. Lamet: Claro.
Es la famosa respuesta que le da al ángel, que en latín
se conoce como el fiat de María: "hágase". Toda la vida
de la madre de Jesús se resume en ese "si", ese
"hágase".
Si uno acepta en su
vida la irrupción del misterio, el que Dios lleve las
riendas, a la larga es feliz. Pues, aunque no lo acepte,
Dios, a través de los acontecimientos, va a irrumpir en
mi vida y si pretende cambiar lo irremediable -no las
cosas que pueden ser cambiadas- sufrirá intentando lo
imposible: parar el fluir del río.
El "hágase" de María
es el prólogo del "hágase tu voluntad" de Jesús en la
cruz. Por eso, en mi relato Jesús adelanta a María,
durante un paseo al atardecer, sus "felicidades", sus
bienaventuranzas y el triunfo de los pobres y sencillos
que, como ella, aceptan la voluntad de Dios.
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